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Centro de Estudios Investigación y Docencia en Ciencias Sociales AC

Horizonte de Construcción y Simpatía por las Diferencias: dos necesidades argentinas.
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Horizonte de Construcción y Simpatía por las Diferencias: dos necesidades argentinas.

I.

En la realidad argentina de hoy no sólo pesan las limitaciones de carácter económico, social o político. También entró en crisis y forma parte de la crisis un modelo cultural, cuya expresión en cierto modo más agresiva y más extrema fue el así llamado neoliberalismo menemista. Un modelo que adquirió lo principal de su forma actual a partir de la dictadura pero que tiene una larga historia.

Hablo de esa cultura elaborada a lo largo de más de 150 años de preeminencia indiscutible a ojos de sus protagonistas- de una oligarquía rentística y neocolonialista que concibió al país como una gran usina natural periférica productora de los recursos naturales que los países centrales requieren para poder ser, y para ser poder: económico, político y cultural. Tarea por cuya realización los miembros de esa oligarquía, gestores locales privilegiados, recibirían los justos y bien ganados privilegios y beneficios.

El resto de los habitantes de esa Argentina, necesaria para el sistema de desarrollo y explotación europeo-norteamericano, ha de estar al servicio sumiso de ese relativamente pequeño núcleo, único participe legítimo del disfrute de la renta generada por las riquezas que la naturaleza (y no los seres humanos) produce en el país.

Dueños de la tierra y del poder militar primero y siempre, dueños del poder financiero a la hora de las actualizaciones, quienes primero construyeron y quienes después llegaron a participar de ese modelo (aun venidos de otras tierras) pensaron y sintieron que todo lo que Argentina necesitaba para ser una potencia (de segunda, pero potencia al fin) la naturaleza se lo había dado.

La naturaleza de la que, por lo tanto, sólo quedaba apropiarse. Esa era la tarea de los llamados a mandar, a ganar. Adueñarse de la naturaleza o de las ganancias que un buen negocio especulativo asentado en su explotación real o potencial pudiese generar: renta agrícolo-ganadera primero, financiera después. El Estado que construyeron estuvo desde el comienzo pensado en función de esa tarea de apropiación, extracción y disciplinamiento de la naturaleza (mineral, vegetal, animal y humana).

Así asociados con la fertilidad del Nuevo Mundo, los hombres , entendidos como iguales/diferentes con quienes hay que contar es decir, las personas- pasaron a segundo plano. Y con ellos las relaciones que establecen; los acuerdos que componen; sus vínculos de cooperación, entendimiento y ayuda mutua: lo social por excelencia, lo político por antonomasia.

Por eso, en nombre de ese modelo se prefirieron soluciones menos políticas, y se empezó por matar a un millón de paraguayos y a otro millón de indios, gauchos, negros y mulatos, cuestión de limpiar la pampa, por un lado, y de allanar de molestos vecinos autonomistas e industrialistas  el camino de la integración con la potencia imperial de turno, Gran Bretaña. Muertes que alimentaron ese proyecto y esa grandeza, y que fundaron un estilo de gestión de los conflictos sociales y políticos en el Río de La Plata.

Este modelo de gran país constituido por el humus y los vientos y los mares, antes que por el esfuerzo, la creatividad, la inteligencia y la capacidad de mutuo entendimiento, de colaboración y de construcción de sus habitantes, dio nacimiento a una cultura hegemonizada por una lógica del asalto, el botín y el reparto (la misma que gobernó, por ejemplo, la Conquista del Desierto y el reparto posterior de las tierras conquistadas; o el proceso reciente de endeudamiento externo).

Son protagonistas de esa lógica: la noción de la viveza criolla, cuya mejor virtud es saber victimizar a nuestros semejantes para aprovecharse de ellos en beneficio propio y esto sistemáticamente, como norma de conducta-; la concepción especulativa y rentística antes que productiva; la idea oportunista del negocio fulgurante y coyuntural basado en aquella primera virtud, en la asociación agiotista con el poder de turno y en una no menos admirada indiferencia ante lo público entendido como común. En esta línea, forman parte de esta matriz cultural la falta de respeto por las leyes; el desprecio por los acuerdos cuando así lo dicta la conveniencia; el individualismo mercenario (antes que empresario); y la ausencia o la extrema debilidad- de las nociones de construcción colectiva, de negociación honesta, de composición democrática y de diferencia legítima.

Se trata de una cultura dominada por una clase que concibió de entrada al país como producto natural antes que como construcción histórica sostenida, y como SU propiedad personal. Y supo transmitir a los otros sectores sociales ese paradigma que dicta que lo que no es mío, lo común y lo público, son tierra de nadie antes que propiedad y responsabilidad de todos. Un país privatizado por y para unos pocos desde el fondo de su propio imaginario fundador. Donde los excluidos de ese beneficio fueron habitados esencialmente por un ideal: parecerse a los amos, al patrón. Apropiarse, de forma exclusiva y excluyente, de algo de esa riqueza y ese poder.

 

II.

Cierto es que al lado de este movimiento hegemónico muchos argentinos (también ellos en buena medida venidos de otras tierras) resistieron desde temprano este proyecto e intentaron construir otro: participativo, distributivo, industrial/productivo, creador y constructivo.

Pero los rasgos autoritarios, elitistas, amantes de las jerarquías rígidas y represivas, amantes de los poderes concentrados y de la constitución de identidades cerradas, rendidos de admiración ante el poder de mando y ante los poderosos, y de ambición ante la posibilidad de formar parte de ese selecto grupo, estos rasgos definitorios de aquella cultura oligárquica y rentística perduraron aún en el seno de los movimientos y los sujetos que la combatieron (el peronismo, la izquierda).

Por otra parte, la lucha que se dio a lo largo del siglo XX para combatir aquel proyecto y modelo de país terminó en una derrota. Momentánea, parcial, instructiva, relativa. Todo esto es cierto -pocas derrotas históricas son totales-. Pero derrota al fin.

Hoy, la gran promesa neoliberal de un país para todos propicio y exitoso en la medida en que se entregara sin reservas a motivaciones economicistas, a la codicia, el egoísmo, la ostentación, el egocentrismo y la sumisión obscena y sin reservas al poder concentrado y al dinero (y a aquellos que los detentan), esa promesa que inundó el corazón y la cabeza de millones de argentinos con sus vahos enfermizos se ha quebrado. Demostró ser una estafa, un fracaso, una mentira.

Hoy el presidente de la república, Néstor Kirchner, gana adhesión y simpatía cada vez que, a contracorriente de aquella cultura de la entrega y la especulación, se comporta como alguien que se respeta a sí mismo, que usa su palabra con responsabilidad y sentido pleno y no haciendo alarde de vacuidad y frivolidad-; como alguien que se muestra firme en sus posiciones ante los mismos poderosos frente a quienes otros se hincaban por necesidad, como alguien que enarbola los intereses de todo el país como bandera y emite signos de que no quiere renunciar a ella y no va a hacerlo (más allá de cómo entienda la concreción de ese proyecto, y más allá de su posible buena o mala fe).

Hoy miles de argentinos y argentinas intentan, por otra parte, darle forma a organizaciones autogestivas que les permitan concretar una participación realmente directa y democrática en la defensa de sus intereses y sus pareceres, por fuera de jerarquías político-partidarias.

Hoy se vuelve a discutir, a pensar, a tener alguna esperanza, a hacerse preguntas sobre cómo transitar el presente y el futuro, y hacia adónde, y para qué. 

Pero aquella cultura está lejos de haber sido transformada. Aquella cultura sigue encarnada en cada uno de nosotros, en mayor o menor medida, y es uno de los obstáculos mayores que tenemos que enfrentar.

La solidaridad, la participación y la democracia, el pluralismo, son tres de los valores que más a menudo se invocan hoy en contra de aquella cultura y para distanciarse de ella. Muchos tratan incluso de encaminar construcciones sociales y políticas sobre esos ejes. Pero los resultados aún son magros. Es que transformarnos a nosotros mismos al mismo tiempo que intentamos transformar la dirección y la forma de nuestras acciones no es fácil. Y es indispensable.

 

Lo que quiero proponer aquí es que hay dos aspectos centrales, dos ejes decisivos en los que tenemos que trabajar si queremos avanzar en ese proceso de autotransformación social y nacional -es decir colectiva-, y personal (sin lo cual no habrá, a la larga, transformación social y política nacional en la dirección buscada).

 

III.

El primero: hemos de recuperar la noción de que toda existencia (vida personal, incluso vida orgánica, vida social, Nación, instituciones, riqueza material, cultura o conocimiento) sólo es posible y llega a ser y a desplegarse si se construye.

Hemos de recuperar la noción de Proceso de Construcción como horizonte, como condición de posibilidad y como eje existencial, ético, anímico,  político e intelectual.

Los argentinos hemos perdido la noción de Horizonte de Construcción, si es que alguna vez la tuvimos (creo que, en ciertas épocas, sin ser dominante, existió: hubo una práctica del ahorro, de la producción, de la educación pública, de la creación científica, de la militancia social y política, etcétera).  En los últimos años, sin embargo, se instaló en casi todos los rincones del imaginario colectivo y de la práctica social el principio de especulación, contrario perfecto del horizonte de construcción. Se lo ve desde la escuela (alumnos que especulan con la nota; padres a los que sólo les importa que sus hijos obtengan el título, como sea; profesores que se limitan a cobrar su sueldo), pasando por la empresa y la política (todo el sistema económico y político argentino incluyendo a buena parte de los profesionales que participan de ello- es una larga especulación sólo destinada a enriquecer y perpetuar en el poder a sus protagonistas) hasta llegar a la vida de pareja, a menudo atravesada por la insinceridad y la competencia.

Un dicho simpático y reciente indica hasta qué punto desapareció la noción de que la vida se construye: no sé lo que quiero, pero lo quiero ya. Es esto el principio de la especulación oportunista. Por lo demás, y bueno...nada. He ahí una muletilla que expresa muy bien aquel vacío: nada, aparte de lo inmediato.

Así pues, recuperar un horizonte de construcción, construcción de lo común y de lo propio, como horizonte de sentido y de acción es la primera tarea insoslayable. Y requiere que tengamos proyectos personales y colectivos- y que podamos negociarlos y contratarlos con nosotros mismos y con otros. Que sostengamos esos proyectos en el tiempo, elaborando las herramientas y las condiciones que hacen falta para llevarlos a cabo, paso a paso, y dándonos los medios que necesitamos para ellos. Que vayamos corrigiendo y reformulando, recreando nuestros proyectos, pero sin abandonarlos de modo oportunista. Que nos tornemos lo más autónomos posible, cosa de no depender constante y unilateralmente de otros que, en cambio, no dependen de nosotros y así fijan sus propias condiciones y nos someten a sus propios proyectos.

 

IV.

El segundo eje es complementario y, en cierto sentido, opuesto: descubrir y cultivar el interés y la simpatía por la diferencia que el otro es y de la que es portador.

Esto quizás sea más difícil de ver, pero la ética de lo exclusivamente propio, de lo egocéntrico e inmediato es una ética necesariamente adversa a considerar al otro, en su diferencia, como algo que haya que tomar en serio y que valga la pena respetar, comprender, conocer y amar (considerar en su particularidad). Nada de eso. Demasiado difícil. Sólo vale la pena conocer al otro si esto me sirve para manipularlo, usarlo, controlarlo o protegerme de él. Yo soy, de antemano, mi único interés.

Y ni siquiera yo en lo que soy verdaderamente: basta lo que creo ser y lo que quiero para mí. Ahora.

Construir lo común y construir lo propio es imposible así. Está claro.

De hecho, bien que nos cuesta: fragmentaciones, malentendidos, miedo a la diferencia ajena, dificultad para asociarnos, para cooperar, para aprovechar talentos diferentes (la envidia y la competencia nos llevan a menospreciar y sabotear al otro si es talentoso y exitoso), dificultad para mantener proyectos conjuntos, para constituir organizaciones duraderas y democráticas, para armar parejas; frustraciones, repeticiones....

De modo que aquí hay un segundo desafío estructural, central:

a)            comprender que el otro es diferente, que tiene otra cultura, otra manera de ser, otros presupuestos, otros prejuicios, otra lógica, y hasta otro lenguaje. Ese otro puede  ser otro ser humano, otro grupo, otro sector social, otra confesión religiosa o ideológica, etcétera. Desde mi interlocutor más inmediato hasta el último de mis compatriotas (y en el límite, todo ser humano);

b)            comprender que yo soy también diferente del otro y para el otro, pero además diferente de como creo ser y de como quiero ser;

c)            comprender que esas diferencias obnubilan la comunicación y la comprensión entre personas, entre grupos, y de cada quien respecto de sí mismo-;

d)            comprender que cuando esos malentendidos o esos hechos de incomunicación se producen, la reacción más inmediata es sospechar del otro, rechazarlo, incluso echarle la culpa, antes que preguntarse qué está pasando realmente y cómo se podrá lograr una compresión real entre las partes, y que esa reacción sólo perpetúa el problema;

e)   y aquí lo principal, comprometerse en un proceso cotidiano de transformación orientado a redescubrir qué y quién soy más allá de lo que quiero y creo ser, y qué y quién es el otro, más allá de lo que creo y quiero que sea.

f)    Pero, aún más difícil y decisivo: escuchar al otro en tanto otro, preguntar cuando no lo entiendo, ponerme en su lugar, tratar de comprenderlo para poder a mi vez escucharme y expresarme lo mejor que puedo ante el otro y para el otro (no venderle una imagen, no seducirlo o convencerlo o comprarlo, sino sencillamente decirme ante el otro y para el otro, y ayudarlo a que se diga ante mí).

g)   Todo lo cual se resume en una consigna: comprometerme en un trabajo de descubrimiento del otro, persona o grupo (hasta yo mismo), de comprensión de ese otro y de construcción CON ese otro de una cultura en común y de un lenguaje en común desde nuestras diferencias de intereses, de pensamientos, de preferencias, de posiciones.

 

Cierto es que no necesito encarar todo este esfuerzo si no quiero construir nada.

Y viceversa: no puedo encararlo sin un espíritu de construcción permanente.

La comunicación requiere espíritu constructivo. Y éste, a su vez, requiere esfuerzos sostenidos y concientes de verdadera comunicación y comprensión.

Ambos necesitan reemplazar el miedo y el rechazo de las diferencias por un auténtico interés, hasta un gusto por ellas.

Creo firmemente que sin una decisión y una práctica personales y colectivas de cultivo de estos ejes complementarios tenemos pocas posibilidades de producir el proyecto de país, los vínculos sociales, las motivaciones y las acciones para reconstruirnos en todos los planos y todos. Fracasaremos una vez más.

Y creo, con igual fuerza, que un esfuerzo sostenido en el tiempo en esas dos direcciones reorientaría lo suficiente nuestras subjetividades personales y nuestro accionar, pensar y sentir colectivos como para que sobre ese doble cauce y desde él vayan apareciendo y entretejiéndose todos los demás desafíos y las demás soluciones.

Todas requerirán atención focalizada, cada una en su momento, pero si conseguimos articular y desplegar esas dos dimensiones, el nuevo entramado, el nuevo paradigma, y con ellos la nueva realidad habrán empezado a crecer.

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